Don Vicente

Vicente Del Bosque, durante una conferencia de prensa.Vicente Del Bosque, durante una conferencia de prensa.ALEXANDER KLEIN (AFP)

A Vicente del Bosque lo echaron del Madrid en pleno ciclo ganador y en su lugar pusieron a un entrenador de ojos azules al que le sentaban mejor los trajes. En el plano estético, al menos, aquello funcionó razonablemente bien. Carlos Queiroz era un poco como Don Draper, cuando los españoles todavía no imaginábamos una serie como Mad Men, mientras que el manchego representaba fielmente a ese grupo de compradores estigmatizados que entran en las tiendas de las grandes marcas y son tratados con cierta condescendencia. “Aquí vendemos trajes, no milagros”, le espetó un dependiente con formas de maniquí a un buen amigo mío en una ocasión. Lo cierto es que en Chamartín se impuso la obviedad y el portugués salió trasquilado de su primera temporada. Con un outfit impecable, eso sí, pero con la misma ausencia de elegancia por parte del club que un año antes, cuando decidieron desprenderse del lastre ornamental que, al parecer, suponía Don Vicente.

Del Bosque fue el encargado de inaugurar la blaugranización de un sector bastante importante de la afición merengue. Por aquel entonces, con las heridas de Ronaldo y Figo todavía recientes, seguía haciendo fortuna una ley no escrita del fútbol por la cual ningún ídolo abandonaba el Camp Nou por la puerta grande, a menudo ni siquiera por la de enfermería, que es la otra salida honrosa que suele ofrecerse a las grandes figuras del toreo. 26 años de servicio inmaculado al club de sus amores no fueron suficientes para contrarrestar el empuje de esa nueva corriente de opinión interesada y polimórfica, la misma que desde entonces viene señalando con el dedo a diferentes leyendas del club y repartiendo carnets de buen o mal madridista. “A mí nadie me puede enseñar qué es el madridismo porque yo he luchado por un balón o por reclutar a a un chaval a las tres de la mañana”, se defendía en una entrevista concedida a la revista Jot Down en el año 2011. “No tengo que dar lecciones a nadie pero tampoco me las tienen que dar a mí”.

Por si todo aquello no resultara ignominia suficiente, ahora también se ve obligado Del Bosque a soportar el raca-raca de quienes improvisan juicios sumarísimos para decidir quién es un buen o mal español. De vuelta a la primera línea del debate por unas declaraciones recientes en favor de la sanidad pública -y en contra de “la mezquindad que intenta sacar réditos políticos a una situación tan grave como la provocada por el coronavirus”- el ex-seleccionador nacional ha vuelto a sentir en sus carnes la importancia de no descuidar los resortes estéticos, esos que disimulan o enfatizan los errores y virtudes que pretenda achacarle cada consumidor.

“Las personas nos dicen como son pero lo ignoramos porque queremos que sean lo que nosotros creemos que son”, decía Draper en la citada serie. A Del Bosque, quien por una simple cuestión de morfología nunca defenderá un tres piezas como Jon Hamm o Carlos Queiroz, lo avalan, frente a tanta murmuración de sastrecillo, su honestidad como profesional y su probada integridad personal, cualidades cada vez menos valoradas en un país donde nadie sale ya por la puerta grande, ni siquiera el todopoderoso dueño del edificio.

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