Una relación entrañable y ‘sui géneris’

De izquierda a derecha, Javier Solana, Nicolás Redondo, Enrique Múgica y Felipe González, en el congreso del partido socialista en mayo de 1979.De izquierda a derecha, Javier Solana, Nicolás Redondo, Enrique Múgica y Felipe González, en el congreso del partido socialista en mayo de 1979.Marisa Flórez

Enrique y yo teníamos visiones opuestas de la cuestión israelo-palestina y discutimos, en público y en privado, desde los años 70. Quizás recordéis que he escrito (no solo en EL PAÍS) innumerables artículos sobre ello. Me refiero solo a uno de ellos: La ceguera de Israel (30-8-1980). Días después, Enrique me contestaba con Israel: la ceguera no siempre la sufren los otros (9-9-1980).

Nuestras discrepancias siempre fueron civilizadas y desde los años setenta lo consideré una persona entrañable. En aquel artículo, además de argumentar su posición, decía: “Se debe destacar que entre Menéndez del Valle y yo se dan, en la materia, no solo convergencias, sino identidades, a fin de que la discusión contenga, cordialmente, las enriquecedoras diferencias. En primer lugar, convengo en que la declaración del Gobierno derechista de Beguin sobre el carácter de Jerusalén como capital indivisible constituye una innecesaria provocación, no ya porque los árabes la consideren ciudad santa del Islam, sino, además, por ser disparatada”.

Ya en 1977 nuestra relación era entrañablemente sui géneris. Siendo Enrique miembro de la Comisión ejecutiva, viajé con él a dos epicentros del conflicto. A Tel Aviv, invitados por la revista judía New Outlook. En un seminario sobre Oriente Próximo expusimos nuestras posturas. Y a continuación, invitados por la OLP, a Beirut, donde residía Arafat. Con él y su gente mostramos nuestras posiciones. Todo lo recogió El socialista (20-11-1977 y 4-12-1977): “Arafat me pareció un tipo estupendo”, dijo Enrique. La última vez que intercambiamos ideas y propuestas fue en TEMAS: “La paz en Oriente Próximo” (Octubre 2006).

Cuando nos veíamos, solíamos saludarnos: “Salaam, Emilio”. “Shalom, Enrique”. Así pues, querido amigo y rival Enrique: Salaam, Shalom.

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