La reconciliación es su victoria

Enrique Múgica, durante una entrevista en 2009.Enrique Múgica, durante una entrevista en 2009.EL PAÍS

En este confinamiento para salvar vidas, acabamos de perder [el viernes a los 88 años] la de Enrique Múgica, un referente de la reconciliación entre los españoles, que fue una de las claves de nuestra Transición. Escribo estas líneas en una casa en tierras segovianas donde en 1993 celebramos una comida de amigos para entregar a Enrique las insignias de la Orden de Carlos III, cuya Gran Cruz se otorga habitualmente a los ministros tras su cese. Los reunidos, junto a Enrique y Tina, su mujer, éramos los Abril Martorell, Íñigo Cavero, Sebastián Martín-Retortillo y los Martín Villa. En algún momento estuvieron mis hijos que, con cierto asombro, contemplaban cómo cuatro ministros de la ya extinguida UCD festejaban a un ministro de Justicia del PSOE.

Mis hijos tenían entonces la misma edad que la mía en 1956 cuando, también con asombro, pero en circunstancias y por causas muy distintas, leí la nota de la Dirección General de Seguridad que informaba de la detención de un monárquico, José María Ruiz Gallardón, dos azules —Dionisio Ridruejo y Gabriel Elorriaga— y tres antifranquistas, formalmente comunistas aunque no lo fueran: Enrique Múgica, Javier Pradera y Ramón Tamames. Esa es la primera vez que yo tengo noticia de Enrique.

Esos acontecimientos remiten al que fue el último intento fallido de reconciliación entre los españoles. El primero se había producido 20 años antes con los intelectuales del Burgos de la guerra —con Laín a la cabeza—, con el fracaso del Gobierno no nacido en julio de 1936 para evitar el más incivil de nuestros enfrentamientos, con la súplica de Azaña no atendida (“paz, piedad, perdón”), con el no secundado comportamiento ejemplar de Melchor Rodríguez García, El Ángel Rojo…

Ante la difícil pregunta de “dónde está, oh muerte, tu victoria”, tras la muerte de Enrique hoy bien puedo responder que su victoria reside en su protagonismo en la reconciliación entre los españoles, sin la cual la Transición no hubiera sido posible.

Yo coincidí con él 20 años después de aquellos sucesos de 1956, cuando la determinación de evitar los errores del pasado —venciendo la tentación por desgracia muy presente en la historia española de atentar contra la palabra, la libertad y la vida del adversario— permitió lograr por fin la reconciliación. Le traté por primera vez en su cometido en la ejecutiva federal del PSOE como responsable de asuntos de defensa y seguridad, temas aparentemente alejados del núcleo de la oposición socialista, pero en los que pronto se le reconoció, acertadamente, una autoridad moral indiscutible.

Los Pactos de la Moncloa, de gran actualidad en estos días, fueron de naturaleza fundamentalmente económica, pero incluyeron también importantes aspectos políticos, en los que Enrique no estuvo ni muchísimo menos ausente. Legalizados los partidos, celebradas las primeras elecciones y camino de la Constitución, la Ley de Amnistía difícilmente hubiera alcanzado tan alto grado de consenso sin la contribución de los socialistas vascos, con Enrique y Txiki Benegas al frente, dado que el objetivo era sacar de la cárcel a los últimos presos de ETA, en la ingenua pero sincera intención de poner fin a su terrorismo. Esfuerzo que ETA pagó años más tarde con el asesinato, entre otros muchos, de su hermano Fernando.

Resolvimos no pocos aspectos de orden político y recuerdo, en concreto, haber elaborado con Enrique el real decreto regulador de las entradas y salidas en territorio nacional y, por tanto, de la concesión de pasaporte español. Y, sobre todo, la Ley de la Policía que, entre otras cosas, estableció que es la jurisdicción civil, y no la militar, la que entiende de las actuaciones de los miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Hoy estas cuestiones las damos como normales, pero entonces no lo eran.

El afán reconciliador de entonces abarcó también, como no podía ser de otra manera, a los policías y guardias civiles que habían servido a la II República. En las conversaciones que tuvimos para reconocerles sus derechos, Enrique contó con la ayuda de dos veteranos socialistas ejemplares: Sócrates Gómez y Manuel Turrión. Fue un caso claro, entre otros muchos, en el que los hijos de los combatientes en la incivil guerra supimos ponernos de acuerdo con gentes de la generación de nuestros padres.

Desde entonces, Enrique y yo hemos tenido frecuentes y amistosas conversaciones. La última, hace poco más de un mes. Yo creía que con la mejoría en su larga enfermedad teníamos Enrique para mucho tiempo. En ese diálogo volvimos a coincidir en la preocupación de que el encuentro y el acuerdo político parece más difícil en la generación de nuestros hijos, nietos de combatientes en la guerra, de lo que lo fue en la nuestra, integrada por hijos de vencedores y vencidos, si tales términos se emplean para diferenciar a todos los que fueron perdedores, que fueron todos.

Quizá esa dificultad viene de que hoy en la derecha hace mella el fanatismo y en la izquierda el sectarismo. En la Transición nos fue muy bien porque en la izquierda primaba la socialdemocracia y en la derecha el centrismo.

Eso es lo que pensaba ese hombre bueno, “en el buen sentido de la palabra bueno”, que ha sido Enrique Múgica.

Rodolfo Martín Villa fue ministro del Interior en los Gobiernos de Adolfo Suárez (julio de 1976-abril de 1979).

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