El BCE se prepara para aumentar las compras de deuda y rebajar la presión sobre España e Italia

Con la mácula del requiebro inicial de Christine Lagarde, cuando en los primeros días de presión sobre la prima de riesgo italiana dejó caer que el Banco Central Europeo (BCE) no estaba para diferenciales —echando por tierra buena parte del discurso de su predecesor, Mario Draghi—, el eurobanco ha aprendido las lecciones del pasado. Su actuación en la Gran Recesión, primero dubitativa y luego tardía, sumada al enorme déficit de solidaridad en el seno de la UE empeoraron aún más las cosas. Hoy, una década después, se puede decir que el instituto emisor no repetirá los errores de entonces.

La presidenta del BCE ha remarcado este jueves en la reunión (virtual) de primavera del FMI que se “prepara” ya “para aumentar” las compras de deuda de los países más afectados por el brutal zarpazo del coronavirus, ajustando la composición de las mismas en la cuantía y el tiempo que se requiera. En otras palabras: Fráncfort hará todo lo necesario para mantener bajo control los tipos de interés a los que se financian Italia y España, evitando con las adquisiciones de papel de ambos países (y de Portugal, Grecia y cualquier otro) un potencial aumento de la presión de los mercados.

El eurobanco, ha subrayado Lagarde este jueves, “explorará todas las opciones y eventualidades para apoyar a la economía [de la zona euro] en este impacto”. El ya manido “haré todo lo que sea necesario y créanme, eso será suficiente” de Draghi volvió a escena en el discurso de su sucesora este jueves: “El Consejo de Gobierno está comprometido en hacer todo lo necesario, dentro de su mandato, para ayudar a la zona del euro en esta crisis”. Una retórica contundente que permitió a las primas de riesgo de España y de Italia una mínima tregua tras la tendencia claramente alcista de las últimas jornadas.

En Fráncfort, como en Bruselas y el resto de capitales económicas europeas se es muy consciente de que la economía se enfrenta a algo verdaderamente atípico, distinto a cualquier choque pasado y que requerirá una dosis de acción de los poderes públicos (en lo monetario y, particularmente, en lo fiscal) sin precedentes. Los Gobiernos tendrán que emitir en los próximos meses cantidades ingentes de nuevo papel —en el caso español, sin ir más lejos, el FMI acaba de pronosticar un déficit del 9,5% este año, con la deuda escalando hasta el 115% del PIB en 2021, un nivel inédito en más de un siglo— para asegurar el sostenimiento económico de millones de hogares, evitar quiebras empresariales y, más adelante, encauzar la recuperación de la economía. Y sin el respaldo de los bancos centrales esa tarea, de por sí hercúlea, se antojaría imposible.

La pandemia provocará, como ha reconocido este jueves, Lagarde, una “gran contracción” económica y un daño sin parangón sobre los mercados de trabajo de la moneda única. La jefa del eurobanco ha reconocido, también, importantes salidas de capital de algunos fondos de inversión desde que empezó el jaleo en los mercados —un lío que, sin embargo, ha dicho, la mano del BCE ha empezado a atemperar—. “Estos eventos”, ha destacado, “enfatizan la importancia de extender los marcos madroprudenciales más allá de la banca”. Con todo, Lagarde ha dejado abierta la puerta a nuevas acciones conjuntas con otros bancos centrales para inyectar liquidez en monedas como el dólar estadounidense.

La crisis del coronavirus ya ha dejado varios episodios de actuaciones coordinadas entre institutos emisores, cuando hace justo un mes, en los primeros días de entrada en vigor de las medidas de distanciamiento social, las plazas financieras (Bolsas, renta fija, divisas) se sumieron en una espiral de turbulencias que obligaron a la Reserva Federal de EE UU, al BCE y a los bancos centrales británico, japonés, suizo y canadiense a asegurar una irrigación normal del dinero para impedir un hundimiento total en los parqués.

Menos presión se atisba en el flanco de la inflación —hoy por hoy el corazón del mandato del instituto emisor, cuyo objetivo ahora estudia revisar—: los precios no supondrán una presión adicional en los próximos tiempos. Más bien todo lo contrario: aunque a medio plazo los precios “están rodeados de una alta incertidumbre”, en el corto la presidenta del BCE espera una “disminución adicional” en pleno frenazo en seco del consumo por las medidas de confinamiento.

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