Entre el virus y la rutina de votar

Un cartel informativo recuerda a los conductores de A Mariña (Lugo) que solo están permitidos los viajes justificados.Un cartel informativo recuerda a los conductores de A Mariña (Lugo) que solo están permitidos los viajes justificados.OSCAR CORRAL / EL PAÍS

El bar del muelle de Burela (Lugo, 10.000 habitantes) permanece cerrado desde que la semana pasada se detectase un foco de coronavirus entre sus empleados, pero los marineros no han tardado en encontrar una alternativa. A unos 300 metros, varios señores se ríen a carcajadas y gritan en la terraza de otro local. Todo son chanzas sobre una enfermedad que, consideran, nunca llegó a impactar en A Mariña. Y si no lo hizo durante el estado de alarma, ahora ya es tarde. “La de aquí debe de ser una cepa más débil, porque no hay nadie en la UCI”, bromean a cuatro días de las autonómicas. Quienes tienen que salir a la mar ya han ejercido su derecho al voto por correo; los demás irán al colegio electoral. Y Feijóo (el candidato del PP) es el nombre que más se repite.

El domingo se decide el futuro de Galicia y, pese a la división de opiniones sobre la suspensión de los comicios, los mariñanos consultados descartan en su mayoría quedarse en casa por temor a uno de los rebrotes más graves de España. La abstención puede llegar también por otros motivos, en unas elecciones gallegas que habitualmente han tenido una baja participación y, en este caso, un resultado previsible. La covid-19, aseguran muchos, no altera la rutina de votar.

Es mediodía, y la oficina de turismo del puerto burelense aún no ha recibido su primer visitante. Desde que el lunes la Xunta de Galicia decidiese cerrar la comarca, solo han acudido unas pocas familias. Muchos foráneos se han marchado, pero el aspecto apocalíptico de los últimos días ha ido dando paso a una cierta normalidad entre los residentes, y algunos de los negocios que permanecían cerrados al principio del rebrote comienzan a reabrir sus puertas.

A Mariña, en realidad, no está confinada: el examen de acceso a la Universidad se celebra en Viveiro sin complicaciones; los trabajadores de Alcoa apuran los últimos coletazos de una industria abocada al cierre; y el gran obstáculo para entrar en la comarca no son los escasos y permisivos controles policiales, sino la niebla, que —como resulta habitual— mantiene cerrada la A-8 a la altura del Alto do Fiouco.

En el centro de Viveiro, el conservatorio de música se prepara para una jornada electoral atípica, pero no más que en otras zonas de la comunidad: los protocolos son los mismos y la predisposición de la mayoría de los votantes también. Antonio Río, de 44 años y media vida como administrativo, no tiene miedo: “Esta todo muy controlado”. Cuenta que el viernes desinfectarán las instalaciones y el lunes, después de la votación, lo volverán a hacer. Su compañera Chelo se pregunta si es legal mantener unos comicios cuando el virus supone una amenaza y los afectados difícilmente podrán ejercer su derecho constitucional. Ambos tienen opiniones distintas sobre la idoneidad de celebrar el 12-J, pero acudirán a las urnas.

También lo harán Rafael y Maite, pero ellos en el País Vasco. La pareja de jubilados dejará por unos días su segunda residencia en el pequeño puerto de San Cibrao para elegir al próximo lehendakari. No saben cuándo podrán volver: si en algo hay consenso es que un confinamiento de cinco días —el tiempo de incubación de la covid-19 es de dos semanas— solo se explica porque el domingo hay elecciones. El lunes el proceso electoral habrá finalizado, pero el coronavirus seguirá ahí.

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