Gana Tratnik, manda Almeida

Mientras Jan Tratnik, otro esloveno de categoría, laminaba en el repecho final de San Daniele del Friuli a O´Connor, un australiano nacido entre los viñedos de su familia, el pelotón gritaba ¡vivan las cadenas!, como el populacho recibía hace dos siglos al absolutismo de Fernando VII después del trienio liberal. Muera la libertad, vivan las cadenas, clamaban por las calles; ahora lo hacen por el pinganillo los ciclistas, que circulan cómodos cuando el equipo del líder bloquea la carrera.

Despliegan sus maillots blancos y azules en todo el ancho de la carretera, en la subida a Ragnone, rampas duras, curvas en herradura y mucha vegetación por la que no penetra ni un rayo de sol, que por otra parte, tampoco se asoma entre las nubes de un gris octubre italiano. Neutralizan la marcha los hombres que rodean al líder de rosa, y nadie rechista. Son felices.

Ragnone, avisaban, puede ser el escenario ideal para una emboscada. Se sube tres veces. La primera sirve para reconocer el terreno. El Deceuninck marca el ritmo; la segunda, parece ideal para lanzar el cebo, pero el Deceuninck sigue marcando el ritmo. ¿Resultará definitiva la tercera ascensión? Para la cabeza de la carrera, sí. O´Connor alcanza a Tratnik justo en la cima del puerto, y entre los dos consiguen una ventaja suficiente como para jugarse la victoria entre ambos. Para el pelotón, no.

Tal vez los favoritos observan en la cima los trajes de camuflaje de la guardia alpina italiana, alineados sus miembros en la cuneta, aplaudiendo con cierto aire marcial y la pluma en el sombrero. De diez centímetros, negra, de cuervo, para la tropa; marrón, de águila, para los oficiales. Blanca, como el jersey del líder de los jóvenes, para los altos mandos. Les ven los ciclistas y evocan las grandes paredes de los Alpes, donde siempre aparece la milicia montañera, y que ascenderán en breve, y entonces se pliegan a la tiranía del Deceuninck. Piensan en los 5.000 metros de desnivel de la siguiente etapa, que termina en la estación de esquí de Madonna di Campiglio, donde nadie se querrá alojar en el hotel Touring, maldito desde que Pantani fue deshauciado por su hematocrito alto en el Giro de 1999, que parecía triunfal. Ya no levantaría cabeza. Imaginan también las paredes nevadas del Stelvio o el Agnello.

Piensan los corredores en esas cosas, y en la semana que les espera, y no les importa procrastinar, y dejar la tarea para otro día. Todos salvo la treintena de valientes que olfatean que puede ser su etapa, y van aumentando su diferencia ante la dejadez del equipo de Almeida, que quiere seguir un día más vestido de rosa, para conseguir que en Portugal se hable de algo más que del positivo de Cristiano Ronaldo, como se lamentaba durante la jornada de descanso.

El grupo de cabeza se entiende durante toda la jornada, y se desordena cuando entra en el circuito de Friuli, y cada cual empieza a mirar por sus intereses. Los más fuertes se destapan. Se queda solo Tratnik durante muchos kilómetros, y parece la baza buena, y lo es, aunque después de que en la última subida a Ragnone, O´Connor, el experto en vinos, haga un esfuerzo supremo para solapar el medio minuto que llevaba de ventaja y pegarse a su rueda.

Pero en el último kilómetro se destapa la verdad. El australiano ha gastado todas sus energías; al esloveno todavía le queda gasolina para un kilómetro. Aunque O´Connor golpee con rabia el manubrio al atravear la línea, Tratnik se lleva la gloria. Como Almeida, un día más durmiendo de rosa, que ya llegarán los Alpes, y que con el descaro y la ambición de los jóvenes ciclistas de la nueva generación, ataca en el repecho final y les coge dos segundos más a sus rivales.

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