Thiem, justo y soberbio finalista

Desde
hace
tiempo
viene
dando
toques
a
la
puerta,
enviando
señales,
reclamando
un
hueco
y
pidiendo
a
gritos
su
espacio
entre
los
más
fuertes.
Y,
definitivamente,
Dominic
Thiem
parece
haberlo
encontrado.
Se
lo
ha
ganado.
No
hay
mejor
alternativa
a
los
tres
gigantes
que
el
austriaco,
ya
una
realidad
que
sin
florituras
ni
estridencias
se
ha
instalado
entre
lo
más
granado
del
circuito.
En
septiembre
elevó
su
primer
grande,
en
Nueva
York,
y
ahora
apunta
al
cetro
maestro
que
se
le
negó
el
curso
pasado.
Este
sábado
derrotó
a
Novak
Djokovic
en
un
duelo
angosto
que
se
decidió
sobre
la
línea
de
meta,
por
el
margen
de
una
uña:
7-5,
6-7(10)
y
7-6(5).
De
este
modo,
Thiem
accedió
a
la
final
de
este
domingo,
en
la
que
se
enfrentará
(19.00,
#Vamos)
a
Rafael
Nadal
o
Daniil
Medvedev,
citados
esta
noche.

El
duelo
transcurrió
sobre
un
finísimo
alambre,
aunque
con
la
sensación
de
que
el
juego
de
Thiem
tenía
un
punto
más
de
veneno
y
de
que
la
fortuna,
en
el
caso
de
tener
que
tomar
partido
por
alguno,
lo
haría
por
él.
Djokovic
tejía
y
tejía,
hilvanaba
bien
y
esperaba
el
momento,
pero
en
la
zona
crítica
del
primer
set
dio
un
paso
en
falso
cuando
menos
lo
debía.
Había
construido
fabulosamente
el
punto,
conduciendo
al
austriaco
de
un
lado
a
otro
y
pensando
que
en
un
momento
u
otro
no
este
no
alcanzaría
esa
bola
angulada
que
le
obligaba
a
correr
y
correr,
pero
harto
de
recibir
respuestas,
el
serbio
tiró
una
dejada
que
se
enganchó
en
la
red
y
sonrió
a
Thiem
(27
años)
para
convertir
la
primera
opción
de
rotura
del
partido,
para
6-5
y
rematando
a
continuación
con
el
arrojo
y
la
resolución
que
le
caracterizan.

A
Nole
se
le
empezó
a
poner
mala
cara.
Volvieron
los
nubarrones
para
él,
que
desde
que
se
llevase
la
zurra
de
Nadal
en
la
final
de
Roland
Garros
no
termina
de
alcanzar
el
punto
óptimo
de
juego.
No
a
su
nivel.
Si
el
de
Belgrado
no
se
enrabieta,
no
vocea
ni
se
le
inyectan
los
ojos
en
sangre,
mala
señal.
En
su
caso,
la
versión

light

suele
ser
sinónimo
de
algo
no
termina
de
ir
bien,
y
si
encima
tiene
delante
un
tenista
que
pone
la
vida
en
cada
tiro
el
tema
pinta
todavía
peor.
Ocurre
que,
pese
al
temporal,
Djokovic
sigue
siendo
Djokovic,
el
chacal
que
escapa
de
casi
todas
y
es
capaz
de
encontrar
alimento
en
el
escenario
más
árido.
Así
que,
cuando
más
fea
se
había
puesto
la
historia,
Thiem
amenazando
ya
con
poner
la
puntilla
después
de
haber
anulado
tres
opciones
de

break
,
dos
de
set,
se
revolvió
y
ganó
crédito.

Salvó
una,
luego
otra,
una
tercera
y
al
final
hasta
cuatro
bolas
de
partido
en
un

tie
break

que
finalmente
se
anotó
él,
al
tercer
intento,
exigido
también
porque
el
austriaco
no
regala
absolutamente
nada
tampoco.
Tiene
agallas
Thiem,
vaya
que
si
las
tiene.
Mantuvo
el
temple
en
el
set
definitivo
y
resistió
al
empuje
psicológico
que
le
planteó
el
balcánico,
con
un
punto
más
de
filo,
viendo
que
se
la
había
abierto
la
puerta
después
de
haber
rozado
el

ko
.
En
un
guion
prácticamente
idéntico,
un
toma
y
daca
en
el
que
ninguno
de
los
dos
cedía,
la
tarde
se
resolvió
en
un
desenlace
de

foto
finish
.
De
nuevo,
muerte
súbita,
no
sin
un
sorprendente
giro.
Djokovic
demarró
con
un
4-0
que
parecía
irreversible,
pero
el
tres
del
mundo
no
cede
ni
a
tiros
y
remontó
con
seis
puntos
consecutivos,
rematando
la
victoria
(300
ya
en
la
élite)
que
le
devuelve
al
último
episodio
del
torneo.
Justo
y
soberbio
ganador
el
austriaco.

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