El nuevo pacto comercial de Asia y Oceanía consolida el giro del eje económico mundial hacia el Pacífico

Un buque de carga, en mayo, en el puerto de Saigon (Ho Chi Minh, Vietnam).

Un
buque
de
carga,
en
mayo,
en
el
puerto
de
Saigon
(Ho
Chi
Minh,
Vietnam).
Hau
Dinh
/
AP

Donald
Trump
inauguró
su
mandato
sacando
a
su
país
del

Acuerdo
Transpacífico
de
Cooperación
Económica
(TPP,
por
sus
siglas
en
inglés)
,
un
pacto
diseñado
por
Barack
Obama
para
evitar
que
Estados
Unidos
perdiese
el
paso
en
la
región
clave
en
el
mundo
que
viene.
Y
va
a
cerrarlo
con
su
mayor
rival
internacional,
China,
construyendo
a
su
alrededor
—en
plena
crisis
sanitaria
global—
un
pacto
comercial
a
medida
que
también
incluye
a
dos
de
sus
más
acérrimos
competidores
regionales,
Japón
y
Corea
del
Sur,
y
a
Australia
y
Nueva
Zelanda
como
cabezas
visibles
de
Oceanía.
El

acuerdo
de
Asociación
Económica
Integral
Regional
(RCEP)
,
firmado
hace
diez
días
tras
años
de
negociaciones,
no
solo
permite
a
China
anotarse
un
tanto
en
su
rivalidad
con
EE
UU,
sino
que
culmina
el
giro
definitivo
del
eje
comercial
global
del
Atlántico
al
Pacífico.

Nadie
puede
negar
ya
que

el
futuro
de
la
economía
mundial
pasa
por
Asia-Pacífico.

Esa
región,
a
caballo
entre
dos
continentes,
aglutinará
el
60%
del
crecimiento
global
en
la
próxima
década,
según
la
consultora
británica
IHS
Markit.
“Definitivamente,
el
centro
de
gravedad
de
la
economía
mundial
ha
virado
de
Occidente
a
Oriente”,
apunta
por
correo

Rajiv
Biswas
,
economista
jefe
de
la
consultora
británica
para
el
área.
Aunque
su
impacto
“no
debe
sobreestimarse”,
según

Peter
Mumford
,
de
la
firma
de
análisis
Eurasia,
el
RCEP

“muestra
el
impulso
y
la
voluntad
hacia
una
integración
comercial
más
profunda
en
la
región”.

De
paso,
el
pacto
recién
alumbrado
le
permite
a
China
presentarse
ante
el
mundo
como
adalid
del
libre
comercio
y
la
globalización
tras
cuatro
años
de
ataques
ininterrumpidos
desde
la
Casa
Blanca
a
ambos
conceptos.
Pekín,
en
fin,
ha
aprovechado
la
oportunidad
que
Trump
le
ha
servido
en
bandeja
para
volcar
un
poco
más
al
este
el
epicentro
económico
mundial.
No
solo
da
un
golpe
encima
de
la
mesa
—uno
más—,
sino
que
pone
negro
sobre
blanco
algo
que,
por
la
vía
de
los
hechos,
ya
lleva
años
ocurriendo:
casi
todo
pasa
hoy
por
Asia-Pacífico
y
su
dominio
regional
es
cada
vez
mayor.

Incluso
sin
India
—que
se
bajó
del
acuerdo
a
última
hora,
aunque
siempre
dejando
la
puerta
abierta
a
entrar
de
nuevo
en
el
futuro—,
el
flamante
RCEP
abarca
casi
la
tercera
parte
de
la
producción
global
y
a
unos
2.200
millones
de
consumidores.
Para
poner
en
contexto
estas
cifras,
valga
una
comparación
somera
con
las
otras
dos
mayores
áreas
de
libre
comercio
del
mundo:
frente
al
PIB
conjunto
de
casi
19
billones
de
dólares
de
la
UE
o
los
24
de
los
socios
del

T-MEC

(EE
UU,
México
y
Canadá),
los
nuevos
asociados
de
Asia-Pacífico

suman
casi
26
.
Si
finalmente
India
diera
el
paso
y
se
sumase
al
grupo
en
los
próximos
años,
esa
cifra
escalaría
hasta
casi
29
billones
de
dólares.

“Es
la
guinda,
lo
que
faltaba
para
darnos
cuenta
de
que
esta
es
la
región
que
va
a
liderar
los
indicadores
en
los
próximos
30
o
40
años”,
valora

Ignacio
Bartesaghi
,
decano
de
la
Facultad
de
Ciencias
Empresariales
de
la
Universidad
Católica
del
Uruguay
y
una
voz
más
que
autorizada
en
temas
de
comercio
internacional.
“Con
la
pandemia
de
por
medio
y
un
sistema
multilateral
quebrado…
Y
China
es
capaz
de
hacer
esto.
Es
mucho
más
que
un
tratado
comercial”.
En
plena
especulación
sobre
el
repliegue
de
las
cadenas
globales
de
valor
y
con
la
integración
comercial
entre
países
dañada
por

el
auge
de
los
populismos
en
EE
UU
y
en
Europa
,
el
RCEP
supone
un
potente
cambio
de
guion:
demuestra,
en
síntesis,
que
la
lógica
de
los

megabloques

sigue
y
seguirá
imperando
en
las
próximas
décadas,
con
o
sin
el
concurso
del
país
norteamericano
o

el
Reino
Unido
posBrexit
.
“Están
más
vivos
que
nunca”,
sentencia
por
teléfono.

El
TPP:
lo
que
pudo
ser
y
no
fue

Frente
a
la
exuberancia
y
el
músculo
del
RCEP,
el
TPP
es
más
bien
la
historia
de
lo
que
pudo
ser
y
no
fue.
Convencido
de
que
el
futuro
pasaba
por
Asia
desde
mucho
antes
de
que
la
realidad
diese
la
cara,
Obama
se
esforzó
durante
años
por
cerrarlo
lo
antes
posible.
Era,
sobre
todo,
un
intento
doble
de
adelantarse
a
China
y
de
tejer
una
alianza
con
países
de
aquel
continente
para
tratar
de
romper
el
equilibrio
regional
para
evitar
que
Pekín
se
hiciese
con
todo
el
pastel.
Con

la
retirada
de
EE
UU,
anunciada
a
bombo
y
platillo
por
Trump

como
aperitivo
de
lo
que
estaba
por
venir
en
un
mandato
marcado
de
principio
a
fin
por
el
proteccionismo
y
el
nacionalismo,
el
acuerdo
quedó
completamente
descafeinado:
salió
adelante
sin
la
todavía
primera
potencia
mundial,
sí,
pero
con
una
potencia
de
fuego
mínima
respecto
a
su
ambición
original.

Minimizando
los
aranceles
entre
sí,
el
RCEP
tiene,
además,
un
efecto
claro
hacia
los
países
que
no
están
incluidos:
“Al
recortar
los
impuestos
de
transacciones
entre
ellos,
levanta
—de
facto—,
una
barrera
comercial
frente
al
resto
del
mundo”,
como
recordaba
el
economista
jefe
del
banco
suizo
UBS,
Paul
Donovan,
en
un
reciente
análisis
para
clientes.
“No
afronta
la
cuestión
de
la
regulación,
que
es
uno
de
los
mayores
obstáculos
para
el
comercio,
pero

simplifica
los
acuerdos
comerciales
regionales.
Y
eso
es
algo
positivo”.

Las
potencias
latinoamericanas,
fuera
de
juego

Las
reverberaciones
se
dejan
sentir
mucho
más
allá
de
Asia,
Europa
y
EE
UU.
También
en
la
otra
orilla
del
Pacífico,
un
tridente
de
países
—México,
Chile
y
Perú—
que
vio
en
el
TPP
una
oportunidad
de
oro
para
ampliar
su
horizonte
comercial,
teme
ahora
quedarse
fuera
de
juego.
El
primero
de
ellos
ha
conseguido
su
objetivo
prioritario
en
la
era
Trump,
evitar
el
fin
de
su
área
libre
con
Washington
y
Ottawa
con
el
que
tantas
veces
amenazó
Trump.
Pero
tanto
el
segundo
como
el
tercero,
ambos
con
sendas
posiciones
privilegiadas
para
el
comercio
transoceánico
y
miembros
de
una

Alianza
del
Pacífico

que
se
ha
ido
debilitando
con
el
paso
de
los
años,
“les
ha
salido
mal
la
jugada”,
en
palabras
del
profesor
de
la
Universidad
Católica
del
Uruguay.
“Quedan
malparados,
y
no
por
su
culpa,
sino
por
Trump.
Con
el
TPP
original
estarían
hoy
en
uno
de
esos
megabloques,
y
eso
les
habría
generado
otras
oportunidades
más
allá
del
comercio
bilateral.
Les
dejaba
en
una
posición
de
privilegio
que
ahora
no
van
a
tener:
el
TPP
actual,
en
el
que
están,
no
genera
impacto
y
el
RCEP
sí”.

Algunos
elementos,
sin
embargo,
amortiguan
el
golpe.
Primero,
que
ambos
—Chile
y
Perú—
cuentan
con
convenios
bilaterales
que
les
permite
seguir
comerciando
con
mínimas
trabas
con
la
mayoría
de
países
asiáticos
del
RCEP.
Segundo,
que
con
el
demócrata

Joe
Biden

en
la
presidencia,
probabilidad
de
que
trate
de
revivir
el
TPP
en
su
concepción
inicial
o
se
saque
de
la
chistera
una
nueva
solución
para
aumentar
sus
lazos
con
Asia-Pacífico
son
grandes.
Y
ambos
—y
México—
estarían
bien
posicionados
para
engancharse
de
nuevo.
Una
carta
con
la
que
no
pueden
contar
sus
vecinos
de

Mercosur

—Brasil,
Argentina,
Uruguay
y
Paraguay—:
para
ellos,
zanja
Bartesaghi,
“la
sensación
es
de
que
mientras
el
mundo
está
viendo
una
película,
vos
ni
siquiera
estás
en
el
cine”.

Leave a Reply