El mono encaramado al bote de perfume sopla 150 velas

Tanto la botella como la etiqueta de Anís del Mono se mantienen inalterables desde que se fundó la marca en 1870

Tanto
la
botella
como
la
etiqueta
de
Anís
del
Mono
se
mantienen
inalterables
desde
que
se
fundó
la
marca
en
1870
Osborne

Todo
es
susceptible
de
convertirse
en
mito,
hasta
una
sencilla
bebida
energética
para
trabajadores
a
base
de
alcohol,
azúcar
y
especias.
En
el
origen
de
Anís
del
Mono
conviven
esas
dosis
justas
de
realidad
y
fábula
que
hace
ya
mucho
que
se
hicieron
leyenda.
Dicen
que
el
fundador,
Vicenç
Bosch,
era
tan
amante
de
lo
exótico
que
pidió
que
le
enviaran
“1
ó
2”
monos
desde
América,
pero
el
destinatario
entendió
102
y
eso
fue
lo
que
le
mandó.
Cuentan
también
que
el
empresario
quiso
replicar
con
esa
botella
adiamantada
el
perfume
que
compró
para
su
mujer
en
la
plaza
Vendôme
de
París.
Lo
que
es
seguro
es
que
Bosch
fue
tan
visionario
como
para
dignificar
un
alcohol
popular
hasta
elevarlo
a
un
icono
social,
cultural
y
familiar
que
este
año
cumple
150
años.

Tanto
tiempo
después
de
ese
1870
que
marcó
el
inicio
de
la
marca
en
una
fábrica
modernista
de
Badalona,

Anís
del
Mono

es
capaz
de
colarse
en
el
imaginario
colectivo
español
por
recuerdos
que
van
desde
ese
obrero
que
lo
bebía
a
media
mañana
como
chute
vigorizante
al
familiar
que,
cada
Navidad,
lo
usa
como
instrumento
de
percusión
de
un
villancico.
Entre
esas
dos
realidades
cabe
un
universo
tan
amplio
como
para
que
la
icónica
botella
del
mono
apareciese
en
el
videoclip
de
Rosalía
‘Pienso
en
tu
mirá’
(2018),
su
última
contribución
a
una
larga
lista
de
creaciones
culturales.
Pero
más
allá
de
lo
romántico,
Anís
del
Mono
es
una
marca
que
sigue
funcionando
hasta
en
pleno
descalabro
económico
por
la
crisis
del
coronavirus.

2020
no
está
siendo
un
buen
año
para
las
bebidas
espirituosas
españolas.
El
sector
—que
habitualmente
vende
el
60%
de
su
género
en
la
hostelería
patria,
frente
al
10%
que
supone
este
mercado
en
países
como
Alemania—
ya
acumula
un
20%
de
caídas.
El
dato
de
contexto
lo
aporta
Laura
Díaz,
brand
manager
de
Anís
del
Mono
en

Osborne
—grupo
al
que
la
firma
pertenece
desde
1975—
,
para
dar
otro
porcentaje:
“Hemos
crecido
en
estos
meses
un
18,9%
en
el
canal
de
alimentación
[supermercados],
lo
que
es
una
buenísima
noticia”.
“No
sabemos
si
es
porque
la
gente
se
lanzó
a
hacer
rosquillas
y
dulces
durante
el
confinamiento”,
bromea
Díaz.

Pero,
hasta
llegar
a
convertirse
en
esa
bebida
dulce
que
contenta
al
hombre
de
más
de
45
años,
a
mujeres
que
lo
usan
para
repostería
y
“capricho
indulgente”
o
a
jóvenes
de
ambos
sexos
interesados
en
su
imaginario
icónico
—según
los
segmentos
más
habituales
de
clientes
que
maneja
la
compañía—,
Anís
del
Mono
tuvo
primero
que
valorizarse
como
un
producto
de
calidad.
“A
finales
del
siglo
XIX
había
mucha
producción
de
espirituosos.
El
anís
lo
bebían
los
trabajadores
de
Badalona
y
se
servía
en
garrafas.
Bosch
fue
un
visionario
y
vio
que
se
merecía
algo
más”,
resume
Díaz.
Así
fue
como
se
le
ocurrió
envasar
esa
combinación
de
alcohol
de
origen
agrícola,
jarabe
de
azúcar
y
aceite
esencial
de
matalhuva,
anís
estrellado
y
regaliz
en
una
botella
adiamantada.

Obsesionado
por
una
presentación
lo
más
cuidada
posible,
el
fundador
quiso
que
la
etiqueta
presentase
al
mono
por
el
que
era
conocida
su
fábrica
—dicen
que,
de
ese
centenar
de
simios,
se
quedó
uno
que
vivía
en
la
nave—
y
con
rostro
parecido
a
Charles
Darwin
en
referencia
irónica
a
su
teoría
de
la
evolución.
También
que
fuese
dorada,
algo
poco
común
en
los
alcoholes
de
entonces.
Logró
ambos
propósitos,
aunque
la
primera
remesa
de
etiquetas
llegó
con
un
error
tipográfico
que
aún
hoy
se
mantiene
en
la
palabra
‘Destillación’.
“Ahora
nos
sirve
para
detectar
fraudes.
Si
está
bien
escrito,
es
falso”,
asegura
Díaz.
No
es
el
único
detalle
histórico
que
Osborne
mantiene
en
su
anís.
La
propia
fábrica
de
Badalona
subiste
como
patrimonio
industrial
modernista
protegido
y
como
centro
de
producción
de
ese
aceite
esencial
de
hierbas
de
color
verdoso
del
que
solo
hacen
falta
unas
pocas
gotas
por
botella.

La
indisoluble
vinculación
a
la
Navidad
de
Anís
del
Mono
queda
patente
en
su
actividad
frenética
de
estos
días.
Justo
en
los
meses
de
octubre
y
noviembre,
la
compañía
encara
la
elaboración
de
los
dos
tercios
de
una
producción
anual
compuesta
por
284.000
cajas
(de
nueve
litros
cada
una).
Ese
stock
se
queda
en
un
98%
en
España,
donde
es
la
primera
marca
de
anís
en
comunidades
como
Andalucía
o
Cataluña,
tal
y
como
apunta
Díaz.
En
total,
las
ventas
de
la
botella
adiamantada
suponen
una
contribución
neta
del
11%
en
la
división
de
spirits
y
vinos
de
Osborne,
una
compañía
que,
en
2019,
facturó
222,4
millones
de
euros
—de
los
que
las
bebidas
alcohólicas
supusieron
un
39%—
y
obtuvo
beneficios
por
valor
de
12
millones
de
euros,
según
la
memoria
interna
del
grupo
a
la
que
ha
tenido
acceso
EL
PAÍS.

El
mono
que
no
miente
—como
asegura
el
pergamino
que
sostiene
en
la
etiqueta—
ha
llegado
con
esa
buena
salud
a
su
150
cumpleaños.
La
exposición

El
Diamante
de
Badalona

recordó
la
gesta
en
el
Museo
de

Badalona
,
primero,
y
hace
lo
propio
ahora
hasta
el
11
de
enero
en
la
sede
de
la
fundación
que
Osborne
tiene
en
El
Puerto
de
Santa
María.
Ahí
están
citados
desde
el
bote
de
perfume
que
inspiró
a
Bosch
al
mobiliario
de
su
despacho,
pasando
por
reproducciones
de
los
carteles
de
las
manolas
con
las
que
el
pintor
Ramón
Casas
ganó
un
concurso
convocado
por
el
fundador
en
1897:

Mono
y
mona
,

Con
falda
de
percal
planchá

y

Dios
los
cría
y
ellos
se
juntan
.

Luego
llegaría
Juan
Gris
con

La
botella
de
anís

(1914)
y
hasta
el
mismísimo
Pablo
Picasso
con

Naturaleza
muerta
con
botella
de
licor

(1909),
en
el
que
el
adiamantado
del
cristal
se
hace
cubista.
Desde
el
soniquete
de
un
villancico,
a
afamadas
obras
de
arte
o
un
videoclip
de
exaltación
cañí
de
Rosalía;
todo
cabe
en
ese
bote
con
el
que
el
Bosch
aseguró
querer
perfumar
“por
dentro”
lo
que
un
perfumista
era
capaz
de
hacer
por
fuera.
O
al
menos
eso
cuenta
otra
de
esas
leyendas
que
pueblan
el
icónico
imaginario
del
mono
con
cara
de
humano
que
nació
en
Badalona
hace
un
siglo
y
medio.

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