Franco y el 23-F no entran en el examen de cadete

Una grúa retira la estatua ecuestre de Franco de la Academia General Militar de Zaragoza, en agosto de 2006.
Una grúa retira la estatua ecuestre de Franco de la Academia General Militar de Zaragoza, en agosto de 2006.EFE

Entre la bibliografía recomendada para los alumnos de la Academia General Militar (AGM) de Zaragoza, los futuros oficiales del Ejército de Tierra español, hay libros tan innovadores en su momento como El fin de la historia, de Francis Fukuyama, La venganza de la geografía, de Robert Kaplan o La era de la información, del actual ministro de Universidades, Manuel Castells. En cambio, no hay ninguno sobre la transición española y el golpe de Estado del 23-F, del que ahora se cumplen 40 años. Tampoco ninguna obra dedicada específicamente a la Guerra Civil o el franquismo.

“El 23-F es un tema tabú y se evita tocarlo”, afirma un general con larga experiencia en la formación militar. La explicación del teniente general Amador Enseñat, director de Enseñanza del Ejército entre 2016 y 2020, es diferente: la historia de España no es materia de la educación universitaria que se imparte en las academias militares, sino de la secundaria o el bachillerato. Los actuales cadetes de Zaragoza no habían nacido cuando Tejero asaltó el Congreso. Para ellos, el 23-F es historia.

Desde que en 2010 se puso en marcha el Centro Universitario de la Defensa (CUD) de Zaragoza, la carga lectiva de los futuros oficiales se ha multiplicado. A la formación militar se suma un título de grado de Ingeniería de la Organización Industrial, que otorga la Universidad de Zaragoza. De los alrededor de 330 créditos que deben completar para recibir el despacho de teniente, 240 corresponden al grado universitario y el resto a la formación específica militar, aunque algunas asignaturas se solapan. Los alumnos civiles y los militares de la Universidad de Zaragoza cursan el mismo grado: los primeros hacen la rama empresarial; y los segundos, la de defensa. Unos asisten al campus de La Almunia de Doña Godina; y otros, a la Academia General de Zaragoza. Estudian por separado, aunque se mezclan en las actividades extraacadémicas (deportivas, torneos de debate) y todos participan en la elecciones al rectorado.

El general Enseñat defiende la segregación de civiles y militares, alegando que para la formación de los segundos es fundamental la cohesión y el espíritu de cuerpo que se forja con una convivencia en régimen de internado y bajo disciplina castrense. A los profesores del CUD anejo a la academia militar les paga Defensa, pero su contratación requiere el aval de la Universidad de Zaragoza. El director del centro es el coronel Francisco José Gómez Ramos, doctor ingeniero y físico, del que depende una plantilla de alrededor de 100 profesores, más del 90% civiles, para unos 1.200 alumnos en total.

El programa pedagógico de los futuros oficiales, técnicamente muy exigente, apenas deja espacio para la formación humanística, aunque hay tres asignaturas en cuarto de carrera, de carácter semestral, que conectan más con la realidad socio-política a la deberán enfrentarse: Relaciones Internacionales, Mundo Actual y Derecho. La segunda, que abarca desde las guerras mundiales a la posguerra fría, incluye en su bibliografía los libros de Fukuyama, Kaplan o Castells, y tiene un apartado dedicado a “los totalitarismos”, aunque depende de la libertad de cátedra de los profesores que la imparten (un militar y civil) incluir o no en esa categoría a la dictadura franquista.

Más concreto es el programa de Derecho: los futuros oficiales del Ejército de Tierra estudian la historia constitucional de España desde 1812, la Constitución de 1978, el Estado de las Autonomías o el papel de las Fuerzas Armadas, así como los derechos y deberes de los militares y el derecho internacional de conflictos armados.

El general Enseñat sostiene que “la enseñanza militar trasmite los valores democráticos, no solo en la enseñanza reglada, sino en todas las actividades, tanto académicas como extraacadémicas. No se trata de una asignatura concreta, sino que forman parte integral de la formación”. Cuando se estudia el papel de las Fuerzas Armadas, alega, se explica que son un instumento del Estado al servicio de los ciudadanos y, al abordar las organizaciones militares internacionales, se ve cómo están sometidas al control político.

El pasado 8 de enero, la Subsecretaría de Defensa publicó una instrucción en la que recordaba que la “órdenes diarias, efemérides y referencias históricas, así como las charlas y actividades públicas” de los centros docentes militares, debían ceñirse a los “valores constitucionales”, después de que el jefe de Estudios de la Escuela Naval de La Graña (Ferrol) fuera destituido por glosar un episodio de la Guerra Civil refiriéndose a la escuadra republicana como “los rojos” y a la sublevada como “los nacionales”. Tanto este hecho como la reproducción, en la revista de la academia de Zaragoza, de artículos elogiosos hacia Franco, al que aludía como “el Caudillo”, pueden atribuirse a la persistencia de algún nostálgico o al peso de la inercia: Franco fue el primer director de la academia de Zaragoza y su estatua no se retiró hasta 2006.

Más inquietante resulta que, en una fiesta celebrada en 2018 en la Escuela Naval Militar, varios alumnos corearan brazo en alto un himno de la División Azul, el mismo que entonaron el pasado 8 de diciembre jóvenes militares de la base de la Brigada Paracaidista en Paracuellos del Jarama (Madrid). Siempre podrán alegar que nadie les enseñó que la División Azul fue una unidad franquista que combatió a las órdenes de Hitler.

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