Vuelve Chimy Ávila, el ‘Houdini’ de los infiernos

Cuenta una persona que conoce de forma íntima al Chimy Ávila (Rosario, Argentina; 29 años) que cada vez que el futbolista entra en una sala o comparte un espacio abierto con otra gente, registra todos y cada uno de los movimientos como aquel que vigila desde la trinchera. Y que, cómo no, esa forma de escrutar tiene un origen: Empalme Graneros, la barriada al noroeste de Rosario en la que se forjó el delantero de Osasuna, recuperado para la causa rojilla y la del fútbol después de 421 días en el dique seco y dos roturas de ligamento cruzado, una por pierna. Trece meses después, repuesto por partida doble, el guerrillero pide paso y este sábado (18.30, Movistar) figura de nuevo en la nómina de citados para el duelo contra el Huesca.

“Mira de reojo todo lo que pasa, pero es lógico. Viene de donde viene, de la nada, así que saca sus instintos. Suele decir: ‘He tenido que driblar balas, y eso es más difícil que driblar defensas. El fútbol es lo fácil, lo difícil son las balas”, cuenta esta voz mientras el Chimy va escapando del enésimo infierno, este último en forma de ese doble crack que reventó sus rodillas —primero la izquierda y luego la derecha— y le apeó del escaparate cuando su juego callejero había enganchado al Sadar y seducido a LaLiga. Poca cosa, en cualquier caso, para alguien que las ha visto de todos los colores. Negro, negro, en realidad, hasta que un día se cruzó en su camino su actual representante, Jorge Bicilic, y sacó al chico de esa nada.

“Hablamos de una situación muy extrema, más allá de lo que pueda imaginarse la gente. Estaba perdidísimo, gordo y tenía los dientes rotos, pero era muy bueno”, relata su allegado. “Una vez, con 12 años, iba a jugar una final de cadetes y llegó al partido montado en un burro, desvestido y sin calzado, solo con un pantalón corto. Al final le prestaron la ropa, marcó los dos goles del 2-0 y se volvió a casa”.

Afortunadamente, luego vendría la progresión, la pelota en forma de rescate. Despegó futbolísticamente en San Lorenzo (2015-2017) y después llegaría la oportunidad de Huesca (17-19), antes del salto a Osasuna. En su primer curso en Pamplona, fascinó durante cinco meses —nueve goles y tres asistencias en 20 partidos— hasta que al ir a la presión, durante un partido en casa contra el Levante, 23 de enero de 2020, su articulación izquierda se partió en seco. Posteriormente, cuando ya veía la luz al final del túnel, en una maniobra durante un entrenamiento de la pretemporada (9 de septiembre) la derecha también le dijo basta justo antes del estreno liguero en Cádiz.

El infortunio no fue casual. La respuesta es genética. Tanto su padre, que hoy día todavía ejerce de albañil, como su hermano Gastón, zaguero zurdo de Rosario Central en la actualidad, sufrieron una lesión idéntica. Carambolas de la vida, el Chimy se rompió por primera vez el día que su hermano regresaba al verde y la segunda la misma fecha en la que el cruzado de un amigo cercano se partía en dos. “Mentalmente, fue un momento delicado. Ha pasado por momentos delicados, y más teniendo en cuenta que le sucede a alguien con una energía como la suya, porque es un ciclón”, transmiten desde Osasuna.

Que nadie tema: es un superdotado físico. Está corriendo a 34 km/h

En todo caso, pese a la reiteración de la desgracia y la magnitud del bajonazo, este duró muy poco, según transmite una fuente muy cercana al delantero: “Estuvo hecho una mierda la primera semana, pero en cuanto se pone no hay quien lo pare”. No tiene tiempo para lamentos el Chimy, quien repite: “Prefiero tener cicatrices que la piel intacta por cobarde”. Así que en cuanto fue intervenido por segunda vez por el traumatólogo Andrés Valentí, en la Clínica Universidad de Navarra, se puso otra vez en marcha siguiendo las directrices del jefe de los servicios médicos de Osasuna, el doctor Andrés Fernández, y sobre todo las de su recuperador personal de confianza.

Viene de donde viene, así que suele decir: ‘lo fácil es el fútbol, no las balas’

A mediados de febrero, el argentino comenzó a entrenarse con el resto del grupo y progresivamente ha ido aumentando la carga de trabajo. “El reto esta segunda vez era volver más rápido, más ágil, con más salto y más resistente. Entrena como un animal. Es hipercompetitivo, una bestia”, indican desde el centro en el que completa la recuperación. “¿En riesgo su carrera? Que nadie tema, para nada. Físicamente, el Chimy es un superdotado de la naturaleza. Le viene de serie. Está haciendo valores iguales o mejores que antes de la lesión, corriendo a 34 kilómetros por hora. Cuando le pones un reto, es imparable”.

Tan fuerte va Ávila que, recientemente, chocó contra su compañero Juan Cruz y lo envió al hospital por el golpetazo en un hombro. “¡Frena, Chimy, frena!”, se escucha con frecuencia en las instalaciones de Tajonar, donde al ariete se le ha visto durante el proceso enfundado en un traje negro con sensores, con el objetivo de estudiar sus aceleraciones, pisadas y maniobras en tres dimensiones. Ahora, Jagoba Arrasate lo tiene de nuevo a su disposición y él aprieta y aprieta para entrar lo antes posible al verde, aunque el técnico sopesa darle vuelo tras el parón que se avecina.

La pasada temporada, hasta que el 9 se lesionó, Osasuna promediaba 1,3 goles por partido; después, bajó a 1; y este año se ha resentido un poco más (0,8), habiendo firmado los navarros una sola diana en los cuatro últimos partidos pese a que el club hizo un esfuerzo económico importante el pasado verano para reclutar al croata Budimir (6 tantos) y el argentino Calleri (4), este último con un perfil más similar al de él, “listo, pillo y cabroncete” allá por donde va, dinámico y peleón como pocos sobre el verde. Un goleador de pura raza, según transmiten desde la entidad: “Porque más allá de lo que corre, sabe jugar e interpretar. Combina, le pega de miedo con las dos piernas y desahoga, ocupa perfectamente los espacios. Aporta mucho más que garra”.

De puertas adentro, se refugió en su esposa María —a la que conoció cuando él tenía 14 años— y sus dos hijas, Eluney y Shoemi, así como en su agente Jorge; telefónicamente en su socio Pervis Estupiñán (ahora en el Villarreal) y en el vestuario comparte confidencias con Roncaglia, mientras el núcleo duro acepta algunas extravagancias porque comprende perfectamente sus orígenes y perdona la afirmación de que hubiera firmado por el Barcelona de no haberse roto aquella primera vez. Los recurrentes cambios de coches de alta gama o la compra de caballos ya no llaman la atención en alguien que ha pasado hambre y hoy día sigue enviando puntualmente dinero a su familia de Empalme Graneros, telefoneándoles a diario y que se desenvuelve ante la desdicha como el gran Houdini: escapando una y otra vez.

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