Javier Arias: “Si la sociedad sigue evolucionando hacia el bienestar, el futuro será de la medicina personalizada”

Los estudios relacionados con la salud están de moda, y marcan una clara tendencia de futuro. La lucha contra reloj por acabar con una pandemia que ha provocado ya la muerte de más de dos millones y medio de personas ha empujado a las farmacéuticas a un esfuerzo sin precedentes, y a los Gobiernos a adaptar como han podido sus entornos sanitarios frente a un tipo de emergencias para el que nadie se encontraba preparado. La covid-19 ha puesto al descubierto las carencias de los sistemas de salud y coloca en el centro del debate la necesidad de reformar y reforzar la sanidad pública con todo tipo de profesionales, desde médicos y enfermeras hasta psicólogos, terapeutas o biólogos, que por su parte continúan reclamando la regularización de la biología sanitaria. Para entender este contexto, hablamos con Javier Arias, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid.

Pregunta. La pandemia ha provocado una demanda creciente en los estudios relacionados con las con las ciencias de la salud. ¿Por qué?

Respuesta. Yo creo que el motivo fundamental subyacente es que todo el mundo, en el fondo, quiere ser útil y que lo que hace tenga sentido. La percepción de que las carreras relacionadas con las ciencias de la salud se han hecho especialmente útiles a la sociedad ha animado a muchos jóvenes que no tenían claro cuál iba a ser su futuro a decantarse por ese tipo de carrera.

Además, se ha visibilizado el espíritu de servicio detrás de estas profesiones, algo que normalmente solo perciben de manera consciente los enfermos que están en el hospital. El que en este caso haya sido toda la población la que necesitaba (o podía llegar a necesitar) ese apoyo profesional, ha hecho que se perciba ese espíritu de sacrificio, esfuerzo y vocación que tiene la inmensa mayoría del personal que trabaja en ciencias de la salud.

P. ¿Qué estudios de la salud tendrán mayor relevancia en los próximos años?

R. La pandemia ha puesto el foco en aquellos aspectos relacionados con la salud pública: la microbiología, la virología, el desarrollo de vacunas, la biología molecular… Y la tendencia general de los últimos años ya era hacer frente a la percepción de demanda social. Como está aumentando el envejecimiento de la población, aquellas especialidades relacionadas con la patología del envejecimiento probablemente tendrán una mayor demanda: enfermedades neurodegenerativas y osteoarticulares, osteopenia, ortopedia, osteoporosis, caquexia muscular, etcétera. También aspectos relacionados con la nutrición del anciano y con el estilo de vida sedentario que tenemos: afecciones cardiovasculares, especialistas en hipertensión arterial, diabetes…

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La sociedad evoluciona a una serie de patologías intrínsecas a la sociedad del bienestar. Se necesitarán especialistas en nutrición y en terapia ocupacional porque, cada vez más, se intenta la inclusión de personas con discapacidades o con diversidad funcional. Tanto uno como otro son ahora grados con una demanda minoritaria, pero que pueden ser importantes.

P. ¿Cuál será el papel de la actividad investigadora?

R. Está claro que el conocimiento sobre las zoonosis [las enfermedades con origen animal que se transmiten al hombre por contacto] ha sido siempre muy importante, tanto antes, con por ejemplo la encefalopatía espongiforme bovina (la enfermedad de las vacas locas) como ahora, con la posibilidad de que nuevas pandemias se originen en virus que proceden de animales. Creo que estos estudios que relacionan salud humana con salud animal son fundamentales.

En general, cuando se desciende a niveles de investigación o de I+D, las ciencias de la salud no difieren tanto. Un campo importante, y se ha visto con el desarrollo de las vacunas, es el del diseño molecular, de fármacos muy adaptados a determinadas patologías o virus. Esa ciencia, que está en expansión, se puede abordar desde cualquiera de las carreras de Ciencias de la Salud: Medicina, Farmacia, Biología, Veterinaria… Porque, al final, es investigación en ramas básicas (Bioquímica, Biología celular, Histología…) que se imparten en cualquiera de esas carreras. Yo creo que es enriquecedor el que participen grupos pluridisciplinares de investigadores, porque cada una aporta su visión particular del problema y enriquece el resultado.

P. La pandemia ha servido para visibilizar la labor de muchos profesionales cuya labor era en gran medida desconocida, como los biólogos o los farmacéuticos…

R. Sí, es cierto. En la conciencia popular siempre se han relacionado los estudios de Farmacia, por ejemplo, con el hecho de poner una farmacia, pero la verdad es que hay una investigación colaborativa muy importante en la que participan biólogos, médicos, farmacéuticos… El futuro de la medicina, si nuestra sociedad sigue evolucionando con connotaciones de bienestar, va a ser la medicina personalizada. Es decir, no va a valer un fármaco para todo el mundo, sino que se van a intentar seleccionar, de alguna manera, personas o grupos de personas a las cuales se les va a diseñar un fármaco casi personalizado que les va a ir mejor y con menos efectos secundarios.

El futuro es el diseño de fármacos, que se basa fundamentalmente en un mayor conocimiento de la biología molecular y en la capacidad de procesamiento de los ordenadores, que son capaces de procesar diseños tridimensionales de moléculas enormes y buscar la mejor concordancia para que la molécula que se diseñe encaje con la diana que es necesario modificar en el organismo. Y ese enfoque tiene que ser multidisciplinar. En cualquier facultad de Veterinaria, de Farmacia o de Medicina, por ejemplo, hay laboratorios en los que se investiga sobre moléculas potencialmente terapéuticas.

Javier Arias, decano de Medicina de la Universidad Complutense.
Javier Arias, decano de Medicina de la Universidad Complutense. UCM

P. ¿Cómo afectan en este escenario la digitalización y las nuevas tecnologías?

R. Bueno, ya había una tendencia clara hacia una mayor incorporación de este tipo de tecnologías; lo único que ha hecho la pandemia ha sido acelerar ese aterrizaje. La interacción digital tiene algunas ventajas indudables, pero la distancia física y el filtro de una pantalla también provocan un distanciamiento social y humano, un factor importante porque, en la relación médico-paciente, además de los fármacos y los consejos, también cura esa confianza que se genera cuando hay un contacto directo. Si todas las consultas se hicieran digitalmente, el que más perdería sería el paciente, pero también el médico, porque parte de su satisfacción viene de esa sensación de ayudarle directamente. Y de alguna manera todo eso tiene connotaciones terapéuticas.

Hay cosas que ya se venían haciendo a distancia y que son muy útiles. Hay médicos cooperantes, por ejemplo, que atienden a pacientes en África de manera telemática, interpretando radiografías, extensiones de sangre (la fotografía microscópica de la sangre, por si hay parásitos, etcétera) e incluso cortes histológicos.

Luego hay otro tipo de tecnología que depende más de la industria. En el campo de la cirugía hay multitud de dispositivos caros que no todos los hospitales pueden adquirir y que añaden poco o nada, aparte de la imagen. Ahí entramos en un terreno complejo, en el que se debe tener un espíritu crítico para distinguir lo que es realmente innovación o lo que no lo es, porque los recursos son limitados. Un gestor, por ejemplo, puede decir: con lo que me cuesta un robot quirúrgico, puedo montar una consulta de prevención del cáncer colorrectal y probablemente salvar más vidas que con el robot. Si no hay dinero para todo, quizá salve más vidas aligerando las listas de espera o simplemente poniendo otro quirófano.

P. Se ha incidido mucho en la falta de médicos, enfermeras, psicólogos… ¿Hasta qué punto afecta esta falta de recursos humanos a la sanidad pública?

R. Además de la falta de profesionales, quizá la distribución no es la más adecuada. A veces sí los hay, pero están mal distribuidos. Y el problema fundamental siempre se reduce al incentivo: las personas que están en la sanidad pública, por lo general, están poco incentivadas, porque los sueldos no son suficientes en relación al esfuerzo, y los entornos laborales a veces no son muy estimulantes; no se premia el esfuerzo. Y eso hace que muchas personas de valía opten por la sanidad privada o por irse fuera de España. El de la sanidad pública es, quizá, un problema funcionarial en el mal sentido de la palabra.

P. ¿Funcionarial?

R. El funcionario está, digamos, al servicio de la sociedad; su plaza es vitalicia y su sueldo está asegurado, pero a cambio tiene una responsabilidad de servicio a la sociedad. En cambio, en la sanidad privada la plaza no está asegurada, y su deber es con su empleador (que, normalmente, va a buscar la satisfacción del cliente). Ese aspecto positivo del funcionariado es fundamental en la sanidad pública, porque el médico se debe solo al paciente, y no depende de una política de ahorro mayor o menor por parte del gestor.

Si un médico de la sanidad pública sabe que un fármaco más caro va a ser mejor para un paciente, como es funcionario, y gracias a que es funcionario, puede optar por él, independientemente de que incomode más o menos al gestor. Ese aspecto es muy positivo: el funcionario hace lo mejor para el cliente, no para el empleador. Ahora, el negativo, que también lo hay, es que la sanidad pública, al ser funcionarial, es café para todos; todos los médicos y todos los enfermeros ganan más o menos igual, independientemente de que sean buenos o malos, de que trabajen o de que no trabajen. Debería de buscarse algún sistema para incentivar a los que tienen mejores resultados y son mejor percibidos por los pacientes.

P. ¿Qué perfiles profesionales dirías que necesita más la sanidad pública?

R.Se echan en falta buenos perfiles gestores que, de alguna manera, implementen ese clima de productividad y de bienestar que hace falta para mejorar la sanidad pública; y aparecerán también perfiles mucho más especializados que aumentarán la calidad de aspectos colaterales. No todos los médicos o enfermeras sirven para ser gestores. Pueden hacerlo, pero se necesita profesionalizarse en eso igual que en cualquier otra cosa, para poder hacerlo mejor.

P. ¿Cómo puede solucionarse de forma duradera la falta de apoyo a las carreras de investigación en España?

R. Con la investigación pasa un poco como con los recursos humanos. No se trata de tener más personal o más dinero (que también), sino de un uso más eficiente de los recursos, que tendrían que estar mejor distribuidos. No hay una receta mágica, pero está claro que cuanta más independencia haya en la asignación de los recursos, más probabilidad hay de que se distribuyan de manera eficiente. Hace falta apoyar las salidas profesionales de investigación, pero también que los recursos se adjudiquen de manera independiente.

No digo que ahora se haga de otra manera, pero siempre se puede mejorar. En lugar de que el que llega a tener el control de los recursos los reparta entre aquellos más afines, que haya un comité independiente o de expertos, o un comité externo (a ser posible fuera de España), al igual que se hace en otros países. Yo formo parte de un comité de distribución de los recursos de investigación en Lituania, en Vilna. Y no es que me lo pidan porque yo sea mejor que los de allí, sino porque soy independiente y no conozco a nadie. Si lo hiciera alguien de allí, pues tendría amigos y enemigos, y quizás los recursos no dependerían tanto de la calidad del proyecto como de sus relaciones personales.

P. ¿Qué competencias deben poseer las personas que quieran dedicarse al campo de ciencias de la salud?

R. Bueno, la verdad es que los estudios son muy generalistas. Un estudiante que estudia Medicina en mi facultad, por poner un ejemplo, tiene que estudiar Bioquímica, Biología molecular, Histología, Anatomía, Pediatría, Geriatría… Recibe una visión genérica de todas las competencias. Luego tiene una fase en la que puede elegir una trayectoria a través del MIR; una especialización determinada donde se focaliza en unas competencias determinadas. Y en la práctica, a posteriori, las competencias que va a ir adquiriendo van a depender de la demanda social del lugar donde se esté.

Es decir, si entra en un servicio de microbiología y aparecen cepas resistentes a los antibióticos (que sucede en muchos hospitales), probablemente se especialice en resistencia bacteriana, pero no por los estudios que tenga, sino porque se lo exige el entorno laboral. Yo no soy partidario de que se impartan competencias concretas demasiado profundas durante los estudios. Creo que el estudiante debe tener elección y una visión global de todas las posibles competencias y posteriormente desarrollar las que le apetezca vocacionalmente, o aquellas que necesite dependiendo del entorno.

P. ¿Es importante el aprendizaje permanente?

R. Por supuesto, es esencial en cualquier campo, porque la vida va muy deprisa y todo evoluciona mucho más rápido. Y no digamos la medicina… Cualquier disciplina se queda obsoleta en cinco años. Un problema que tenemos en España y en otros muchos países es que la formación posgraduada está al albur de cada profesional. Hay especialistas que han seguido formándose, mientras que otros se quedan anticuados, pero siguen ejerciendo. Haría falta algún mecanismo independiente de recertificación de conocimientos y de habilidades, porque no debería depender de la voluntad individual. Ahora, la formación posgraduada está en manos de la industria farmacéutica, que ofrece cursos, pero siempre con la posible sospecha de algún sesgo, y de las sociedades científicas, que hacen una gran labor al respecto, pero que tampoco están totalmente libres de esa sospecha.

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