Contra la simplificación

Isabel Díaz Ayuso charla con Rocío Monasterio en presencia del líder de Vox, Santiago Abascal en mayo de 2020.
Isabel Díaz Ayuso charla con Rocío Monasterio en presencia del líder de Vox, Santiago Abascal en mayo de 2020.Pool / Europa Press

La política se infantiliza. Y es especialmente inquietante ante las perspectivas del futuro inmediato porque puede abrir una vía acelerada hacia el autoritarismo posdemocrático, la gran amenaza que persigue a las democracias ahora mismo. Y que en España está dando sus primeros pasos con el tándem Ayuso-Vox asaltando la hegemonía de la derecha.

La pandemia sigue ahí. La situación se va tensando y con su recurso permanente a la bronca parece como si los dirigentes políticos vivieran una realidad paralela, pero la derecha, con un PP abrumado por la corrupción del pasado y sin otro proyecto político que la satanización del adversario (rescatar ahora el comunismo como enemigo es de sainete) especula calculadamente con el ruido. La fatiga psicológica va poseyendo a la ciudadanía, agotada por las privaciones de interacción social, por la frustrante prolongación de la pandemia, con las reiteradas promesas de vacunación inminente en entredicho, y cada vez está más cerca el momento en que las consecuencias del gran frenazo en la economía se traduzcan en una explosión social: las cifras del paro asustan. Y, sin embargo, en un sistema de comunicación dominado por las redes sociales, la simplificación es el criterio obsesivo desde el que se construyen los mensajes, favoreciendo una confrontación en blanco y negro, que sólo busca alinear a los ciudadanos en grupos cerrados: los nuestros frente a los otros (el enemigo) en una lógica frentista convertida en estado natural de la política. El debate objetivo sobre estrategias y proyectos apenas existe porque sólo se busca la adhesión, es decir, poner énfasis en los mensajes —sin preocupación alguna por la verdad— que puedan atraer al espacio propio de pertenencia. En realidad es una concepción pesimista de la especie, de larga tradición en la derecha, que considera a los ciudadanos como menores de edad, y que por tanto no apela a su criterio sino a su sumisión.

La campaña de Madrid es un buen ejemplo: Vox y PP como un solo hombre buscan por todos los medios reducir la pelea a un duelo entre Isabel Díaz Ayuso y Pablo Iglesias, que deje a los demás en las tinieblas en los debates públicos. Y Pedro Sánchez y el PSOE pretenden replicar (poder de los asesores de comunicación) con una imitación del tándem Biden-Harris, con la moderación como bandera en momentos de polarización. No estoy seguro de que sea suficiente, como no lo ha sido el ensayo Illa en Cataluña. Para combatir la simplificación de la política se necesita serenidad, pero también autoridad para arriesgarse en los momentos decisivos. Y Sánchez es rápido al amagar pero lento al actuar. Lo vemos en Cataluña en que con la falta de determinación a la hora de concretar su apuesta por los indultos, está perdiendo una posibilidad de encauzar el problema. Contra la simplificación, grandeza política, esta sería la consigna.

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