El miedo sella las porterías en el Getafe – Alavés

Rubén Duarte golpea el balón este domingo ante Damián Suárez en el Coliseum Alfonso Pérez.
Rubén Duarte golpea el balón este domingo ante Damián Suárez en el Coliseum Alfonso Pérez.AFP7 vía Europa Press / Europa Press

Como los jardineros que trabajan en los clubes de LaLiga son gente experta, en un par de días el medio campo del terreno de juego del Coliseo getafense volverá a estar impoluto, como si nunca se hubiera dirimido allí la batalla entre el Getafe y el Alavés. Gracias a esa pericia, partidos así no dejan huella, salvo la de los obuses y la metralla como en los escenarios bélicos de la I Guerra Mundial, en los que todavía se encuentra munición oxidada más de un siglo después.

Ni Getafe ni Alavés salieron a hacer prisioneros en el césped del Coliseo, donde el balón volaba más que circulaba por el piso, con el agravante de un viento intenso que movía caprichoso la pelota sin sentido.

Afortunadamente no hubo muertos en la batalla de Getafe, aunque lo pareciera, por los futbolistas que caían desplomados como troncos, los gritos desgarradores que hacían temer lo peor. Y la sangre, que es lo que más asusta en casos como éste. Y la hubo, en un codazo de Timor a Manu García, aunque esa sangre no llegara al río.

Posiblemente, salvo los porteros, el resto de protagonistas terminó con dolores de cabeza por aquello de que emplearon más la testa y el resto de las partes del cuerpo que permite el reglamento, que los pies, sin tener en cuenta los estudios científicos que advierten de las consecuencias neurológicas futuras del golpeo reiterado del balón con parte tan sensible. Todo por la causa.

Fue una batalla lo del Coliséum, pero ni el Alavés ni el Getafe comparecieron con ánimo levantisco ni mostraron aviesas intenciones hacia el rival. Más bien se inclinaron por una actitud pacata al estilo de virgencita que me quede como estoy, y sellaron sus respectivas puertas. Se contentaron con hacer faltas sin medida cuando no tenían la pelota, y a veces por fingirlas cuando no la tenían. Choques y más choques en el círculo central y en el medio campo, y por las bandas, siempre lejos de las áreas.

Sólo una vez en la primera mitad pudo marcar alguien. Un remate de Mata lo sacó Tachi debajo del larguero. No fue gol, pero tal vez mejor, porque el remate llegó precedido de un codazo a Deyverson que lo hubiera revisado el VAR, con el consiguiente disgusto para tirios o para troyanos según hubiera ido la película.

En la continuación fue el Alavés quien mínimamente inquietó al Getafe, en una carrera de Luis Rioja, la única, cuyo centro lo remató Martín, aunque Cucurella se interpuso. No se les exigió ni una parada a Yáñez o a Pacheco, más preocupados por el viento que por los disparos rivales.

Era tal el miedo de los dos equipos a perder, que los entrenadores prefirieron no modificar casi nada. Cinco cambios entre los dos equipos, uno de ellos en el descuento, para perder tiempo. Todos, salvo el de Ángel, por el qué dirán, para reforzar la contención y poder seguir con la batalla, que no dejó de ser una guerra falsa, sin vencedores ni vencidos.

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